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    23 november

    El acosador del metro

    Atónita por lo que acababa de oír, me giré dándole la espalda para que me ayudara a desenganchar la falda. Ahora avergonzada veía las risas disimuladas y muecas de las personas que subían esas escaleras detrás de mí. Repuesta del sofoco, intentaba articular palabras para pedir disculpas y dar las gracias al caballero. Éste,  muy cortés me dijo que no me preocupara. Se despidió y se alejó con su cartera colgada al hombro sin volver la vista atrás, aunque ladeaba la cabeza como si quisiera ver por el rabillo del ojo. Le observé parada allí, inmóvil  hasta que se perdió por los pasillos asimilando lo que me acababa de contar este desconocido.

    Parece que a Alberto, que así se llamaba el hombre, se le había atascado el bonometro y al alzar la vista mientras conseguía sacarlo de su bolsillo, su mirada quedó fija en mi silueta que, con un caminar desenfadado, recorría los interminables pasillos del metro enseñándole las piernas y las nalgas que se movían en cada paso, por lo que aceleró el paso para alcanzarme, lo que hizo que al notar su seguimiento dudará de sus buenas intenciones y me asustara realmente. Seguí mi camino vigilando sus movimientos mientras se acercaban a las escaleras automáticas.

    Ella notaba cómo Alberto clavaba los ojos en la espalda y no los apartaba ni un instante de ella, por lo que su nerviosismo se incrementaba por momentos. Lo que no imaginaba era que él disfrutaba del espectáculo que acababa de ofrecer al poner mi trasero casi en su cara ya que iba cinco o seis escalones por delante.

    Por fin, poco antes de acabar de subir el tramo de escaleras él tropezó y yo volví la cara y más asustada intentaba acelerar el paso cuando le oí llamarme:
    ”_ ¡Señorita, señora! Chilló. Me paré en seco y cruzando mis brazos delante del pecho le dije que me dejara en paz, que no me hiciera daño, que le daría todo lo que llevaba si era eso lo que quería. Y en ese momento, en voz baja, Alberto me dijo que solo quería que supiese que me había cogido el cogido el bajo de la falda con el cint..., bueno y como no lleva ropa interior, él… balbuceaba, perdone…”

    Terminé de arreglarme intentando sobreponerme de lo sucedido hacía unos instantes y seguí mi camino hacía la oficina con paso firme y rápido. Era mi primer día de trabajo. No quería ser impuntual. Subí el tramo de escaleras que quedaba hasta salir a la calle pensando en aquel hombre de cara contraída y manos frías y en como tartamudeaba al hablarme. Sonreí mientras me miraba la punta de los zapatos para ver si estaban bien limpios. Miré el reloj  para asegurarme de la hora y aceleré el paso.

    Una vez en la calle eché una ojeada a la nota  para saber hacía dónde debía dirigirme me encaminé hacia la oficina, que era en realidad, un piso privado habilitado como despacho de abogados.

    Llegué con tiempo para desayunar. Entré en una cafetería cercana. Recordaba al hombre de la cartera y en lo avergonzado que se  había sentido. Mientras abría mi bolso y hurgaba en él buscando un cigarrillo, pensaba en la excitación que debió  sentir cuando me seguía y veía mi contoneo al moverme sin ropa interior, sobre todo, como tuvo que controlarse en el momento en que puse  los glúteos a la altura de sus ojos… y reí ante la situación.

    Me senté en una silla alta en la barra, encendí mi cigarrillo tranquilamente y, después de saludar a Javier, que me devolvió el saludo sin demasiado entusiasmo, pedí un café con leche. Estaba serio. Él me había dado la nota con las direcciones para llegar hasta allí. Me esperaría en la cafetería. Estaba tan seguro de si mismo que no había imaginado ni por un momento que las cosas no fuesen como había pensado, y sin embargo,  había visto desde un lugar alejado todo la escena del metro.

    Extendió su brazo y me pasó un sobre abultado y, aunque enfadado reconoció mi coraje. Lo cogí y ya a carcajadas, le conté todo lo sucedido con aquel pobre hombre que pensó que yo era una  indefensa y asustada muchacha que en un despiste, por las prisas se enganchó la falda. Nunca habría imaginado que la ruborizada mujer de cara dulce, que parecía a punto de echarse a llorar, por dentro, estaba satisfecha de su actuación. Había ganado la apuesta.

    Oí a lo lejos las campanadas de una iglesia cercana que daba las 9. Terminé el café a grandes sorbos, crucé la calle corriendo y subí las escaleras de dos en dos, aunque me costaba mantenerme subida en mis zapatos por el temblor de mi piernas, debido a la carrera y a que, después de todo, era mi primer día de trabajo. Tenía que presentarme al director nada más llegar, ya que iba a ser su nueva secretaria y se estaba haciendo tarde.

    Por fin, en la puerta de la oficina, llamé al timbre y mientras me abrían la puerta intentaba estirarme la ropa con mis manos para estar impecable. Abrió la puerta una señora de la limpieza, que cortésmente se dirigió a mí y me señaló el despacho de dirección con la mano. Estupefacta me quedé al conocer a mi nuevo jefe, Alberto se llamaba, aunque no hizo falta que se presentase…

     

      

    18 november

    Lo ví en tus ojos

     

    En una tarde soleada de otoño en la que los rayos de sol  entraban por la ventana mientras y tú conducías sin apenas mirarme pero con una amplia sonrisa que aventuraba esperanzas... Yo intentaba no hacer notar mi nerviosismo y cruzaba los brazos sobre mi pecho por encima del bolso. Notaba cómo me vigilabas disimuladamente sin apartar la vista de la carretera y yo miraba al frente cómo si no fuese conmigo… En algún momento  cuando te miraba de reojo, me guiñabas un ojo, y entonces acompañaba a mi silencio sonriente el destello de nuestros ojos iluminados por de esa complicidad que sin apenas conocernos ya teníamos

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    Instantes efímeros

     
    hiden82

     Bailar de lejos no es bailar, 
    tú bailando en tu volcán,
    y a dos metros de ti
    bailando yo en en polo.
     Probemos una sola vez, bailar pegados como a fuego
    abrazados al compás, sin separar jamás
    tu cuerpo de mi cuerpo.
     Bailar pegados es bailar,
    igual que baila el mar con los delfines,
    corazón con corazón, en un solo salón dos bailarines,
    abrazadísimos los dos, acariciándonos,
    sintiéndonos la piel,
    nuestra balada va a sonar,
    vamos a probar, probar el arte de volar.
     Bailar pegados es bailar,
    bailar pegados es bailar
    es bailar, es bailar...
     
      Verás la música después,
    te va pidiendo un beso a gritos
    y te sube por los pies,
    un algo que no ves, lo que nunca se ha escrito.
     Bailar pegados es bailar,
    igual que baila el mar con los delfines,
    corazón con corazón, en un solo salón dos bailarines,
    abrazadísimos los dos, acariciándonos,
    sintiéndonos la piel,
    nuestra balada va a sonar,
    vamos a probar, probar el arte de volar.
     Bailar pegados es bailar,
    bailar pegados es bailar,
    es bailar...

    15 november

    Tres vidas

     

    Decía García Márquez que todos tenemos tres vidas “la pública, la privada y la secreta”, la buena para escribir es la secreta es la secreta, ya que es en la que más cuentan los que escriben según él.

    Cuando escribimos siempre hay algo de nosotros en la tinta que impregna cada papel usado, pero ¿nos mostramos tal cómo somos o jugamos con las letras amontonándolas reglón tras reglón contando lo que no sientes, siendo lo que no eres, ocultando el lado oscuro para dejar ver solo el bueno? ¿Quizás buscamos la perfección que no tenemos en las páginas inertes que no juzgan, ni opinan? ¿Tenemos tantas vidas como para inventar una nueva hecha a medida?

     

    11 november

    Tan vivos como ayer

     

     

    Hace mucho tiempo que quería escribirte, pero no encontraba la forma de hacerlo. Quizás no sea la más adecuada, pero no importa. No quiero saludarte, solo decirte, gran dama maligna que, ganarás batallas, muchas, que serán grandes derrotas en las que arrastraras a tu paso la vida. No podré evitarlo, pero no olvides que tu triunfo nunca será completo.

    Mientras mi mente mantenga el recuerdo del más mínimo detalle de aquellos que te llevaste, seguirán vivos de alguna forma y tú, espectro de las tinieblas, tendrás sangre y destrucción, pero nunca te llevarás contigo su presencia en mis días.

    ¿Sabes? Puedes abrirte paso en tu propia oscuridad, e intransigente arrastrar con tu larga capa negra la vida, dejando a tu paso desolación, tristeza, rabia… y mil sentimientos, a veces inexplicables, pero nunca podrás llevarte mi memoria. Ni la sonrisa burlona que se dibuja en mi cara cada vez que un pensamiento hace que tú pierdas una batalla. Y créeme que por mucho que te esfuerces solo te llevarás la carne, nada más… no conseguirás apartar de mi ni uno de los mil momentos compartidos. No, mientras me quede un mínimo de cordura. No necesito tu guadaña porque nunca mis recuerdos caerán en el olvido.

    03 november

    Crónica de un regodeo

    azul
    Mientras leo, o releo, este viejo libro de gastadas tapas de piel, llega a mis oídos la suave música de la estancia, y noto la calidez del fuego en la chimenea y el suave tacto de la bata que me regalaste ayer, esa que me hace sentir cómoda y confortable. Percibo el leve aroma proveniente de la taza humeante, medio llena de ese café cargado y demasiado caliente para tu gusto, que a veces compartimos y que reposa sobre la mesita de té.

    Levanto la mirada y tropiezo con una imagen que me hace recordarte en plácido sentimiento de afecto, de ternura y hasta un atisbo de deseo al admirar tu dorso  semidesnudo en la playa jugando en la orilla.

    El retrato me permite ver tu espalda y, más allá, la cálida belleza del mar. Esa parte dorsal de ti, compuesta por la perfecta conjunción de líneas de imposible reproducción, una espalda que se inicia con el final del cuello más robusto y armónicamente torneado jamás contemplado por mis cansados ojos de eterna y curiosa mirona. El sol apenas deja ver tu silueta envuelta en el contraluz de los rayos y hace tu piel más dorada y brillante ¿Qué más puedo decir de tu piel? Es suave, cálida, olorosa… y oscura como el más preciado chocolate. Y como éste, dulce y aromática. Bajo ella late la pasión, la fuerza de un ser deseable.

    Tu afición al deporte, tus interminables entrenamientos han forjado un potente esqueleto cubierto por una maravillosa red de músculos, tendones y curvas que un excelso escultor podría soñar como modelo inverosímil.

    Las líneas descienden por tu espalda robusta hasta perderse en la hendidura de tu cintura para dejarme ver tus glúteos firmes, semejantes a dos pelotas casi perfectas de roble oscuro a los que asirme en los instantes de pasión, dos inigualables puntos de apoyo para perseguir sin prisa, pero sin pausa, la cima mística del orgasmo en ti, contigo.

    En realidad ya no presto atención el retrato, es mi imaginación la que vuela desde hace rato, y busca en tu cuerpo, sitios de encuentros casi prohibidos y ese músculo diseñado meticulosamente para seducir, para provocar deseo sin contemplaciones.

    Esta mi última reflexión es, sin duda la causa de que el libro, resbale de mi mano, la causa de que mi pulso sereno se altere y te imagine cerca, muy cerca. Por lo que sin moverme, me levanto y me acerco silenciosamente hasta contactar contigo allí dónde no estás pero donde permaneces, al pie de la chimenea, dónde atizas el fuego para mantener el calor de la estancia ajeno al sopor provocado en mí. Rozo levemente tus nalgas que me reciben con afecto y calor una vez salvada la impresión ante lo inesperado.

    Apoyando ambas manos en tu dorso dejo caer mi cara y hundo mis fosas nasales en tu pelo, cerca del cuello, cerca de tu oído, dejando que llegue hasta él mi aliento latente que deja salir palabras, palabras entrecortadas, palabras suaves que a través de mis labios te demandan con dulzura.

    Mi cerebro se inunda de su olor, de ese penetrante olor a canela que me hace perder el sentido en esa sensación de bienestar que me subyuga.

    Sin querer deslizo mis labios, de repente secos, ávidos de su piel, por tu cuello hasta el hueco de la clavícula. Allí permanecería tranquila, pero no inactiva, durante horas, posiblemente. ¿Quién desearía huir de semejante refugio? Yo no, pero las vibraciones de tu cuerpo, hacen que salga de ahí y busque otro punto ubicado justo entre el final del pabellón auricular y el inicio de la mandíbula. Es un diminuto rincón en el que apetece detenerse algún tiempo para que mis labios, mi lengua y mi saliva jueguen y tú disfrutes del momento sin la más mínima replica.

    Me sorprendo a mi misma ante esta situación en la que tomo la iniciativa. Me aturde ver, cuando recapacito, como hoy se ha perdido entre los dedos mi timidez desmesurada, y ha quedado anulada dejando que mis manos impacientes no esperen relajadas, aparentando indiferencia, sino que se lancen a ti como devoradora de una preciada y valiosa presa.  

    Al empujar mi cuerpo contra tu espalda con leves roces, noto tus palpitaciones y tanto desconcierto como excitación. Mis manos recorren cada surco de tu piel, cada protuberancia preparada para recibirme y te dejas envolver en su magia lujuriosa, entre gemidos y convulsiones siguiendo la danza lenta y minuciosamente pautada, que hace que te yergas como el más alto y duro de los troncos, e intentes con tus movimientos penetrar en ellas, ensamblarte entre mis dedos con la furia de la melodía del desenfreno.  

    Ya no puedes mantenerte inmóvil y apartándome suavemente de ti cambias la posición y pasas a ser tú el que echa su cuerpo sobre mí desde atrás, lo que hace que mi pecho note el calor de las brasas mezclado con el mío y el fuego ávido de pasión se desboque. Mi cuerpo te busca y tú te dejas deslizar por la por la hendidura ligeramente abierta, receptiva, de mis nalgas duras. Cuando despareces en el abismo de mis glúteos, nuestros cuerpos se unen de nuevo en un contacto más cercano, más efusivo.

    Tus manos, tus manos merecen un capítulo aparte, no sólo su construcción, también por la sabiduría que encierran,  por lo que eres capaz de hacer con ellas por mí, por mis inagotables necesidades de atención, de caricias, de sentirlas sobre mi piel, de gozar del delicado contacto con ellas. Pero son las mías de nuevo, las que van hacia atrás, sin girarse, y se colocan sobre ti, sin apretones, sin violencia, aunque te sientes atado, sujeto, unido a mi cuerpo como si te hubiesen soldado a él. Inclino hacia atrás la cabeza dándote la oportunidad de deslizar la boca por mi cuello hacia la parte anterior, llegar a mi barbilla, y buscar mis labios mullidos, almohadillados, dúctiles, sabrosos…hasta que nos vence la impaciencia, el deseo de ir más deprisa.

    En ese instante, sin pedir permiso y con delicadeza desbrochas la bata, y tras mi desnudez tomas delicadamente mis brazos para pasear tus dedos por ellos hasta hacerme apretar mi cuerpo quedando más aprisionado en él, mientras colocas mis brazos sobre la chimenea. Y así me te fundes en mis labios, aspiras mi perfume y nos embriagamos con el aroma que expelíamos, cada vez más intenso, a medida que la excitación sube y crece el interés en avanzar en nuestras caricias y acceder a lugares cada vez más gustosos.

    Tiemblo como una yegua a punto de ser montada, con ligeros pero constantes estremecimientos que agitan sus miembros finos y brillantes. Mi garganta cada vez más seca emite sonidos libidinosos e impactantes. Quiero bajar los brazos y volverme para abrazarte pero no me lo permites. No quieres apresurarte y perder placeres que nos podamos provocar.

    Con la lengua humedecida en saliva construyes una autopista brillante desde la última vértebra cervical hasta el cóccix, profundizando hasta donde mis nalgas te permiten y lames mi cintura.

    No puedo más, no puedo soportarlo más y me retuerzo. Entre risas y placer me vuelvo ofreciéndome a ti, que estas de cuclillas en ese momento y al llegar a ti mi aroma pierdes tu voluntad, e inesperadamente, acercas tu lengua a la depresión formada por las columnas de mis muslos. Mis manos apoyadas en tu cabeza te hunden en mí soltándote solo en el momento en que el tiempo se para y el conocimiento se nubla.

     
    *