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日志


11月3日

Crónica de un regodeo

azul
Mientras leo, o releo, este viejo libro de gastadas tapas de piel, llega a mis oídos la suave música de la estancia, y noto la calidez del fuego en la chimenea y el suave tacto de la bata que me regalaste ayer, esa que me hace sentir cómoda y confortable. Percibo el leve aroma proveniente de la taza humeante, medio llena de ese café cargado y demasiado caliente para tu gusto, que a veces compartimos y que reposa sobre la mesita de té.

Levanto la mirada y tropiezo con una imagen que me hace recordarte en plácido sentimiento de afecto, de ternura y hasta un atisbo de deseo al admirar tu dorso  semidesnudo en la playa jugando en la orilla.

El retrato me permite ver tu espalda y, más allá, la cálida belleza del mar. Esa parte dorsal de ti, compuesta por la perfecta conjunción de líneas de imposible reproducción, una espalda que se inicia con el final del cuello más robusto y armónicamente torneado jamás contemplado por mis cansados ojos de eterna y curiosa mirona. El sol apenas deja ver tu silueta envuelta en el contraluz de los rayos y hace tu piel más dorada y brillante ¿Qué más puedo decir de tu piel? Es suave, cálida, olorosa… y oscura como el más preciado chocolate. Y como éste, dulce y aromática. Bajo ella late la pasión, la fuerza de un ser deseable.

Tu afición al deporte, tus interminables entrenamientos han forjado un potente esqueleto cubierto por una maravillosa red de músculos, tendones y curvas que un excelso escultor podría soñar como modelo inverosímil.

Las líneas descienden por tu espalda robusta hasta perderse en la hendidura de tu cintura para dejarme ver tus glúteos firmes, semejantes a dos pelotas casi perfectas de roble oscuro a los que asirme en los instantes de pasión, dos inigualables puntos de apoyo para perseguir sin prisa, pero sin pausa, la cima mística del orgasmo en ti, contigo.

En realidad ya no presto atención el retrato, es mi imaginación la que vuela desde hace rato, y busca en tu cuerpo, sitios de encuentros casi prohibidos y ese músculo diseñado meticulosamente para seducir, para provocar deseo sin contemplaciones.

Esta mi última reflexión es, sin duda la causa de que el libro, resbale de mi mano, la causa de que mi pulso sereno se altere y te imagine cerca, muy cerca. Por lo que sin moverme, me levanto y me acerco silenciosamente hasta contactar contigo allí dónde no estás pero donde permaneces, al pie de la chimenea, dónde atizas el fuego para mantener el calor de la estancia ajeno al sopor provocado en mí. Rozo levemente tus nalgas que me reciben con afecto y calor una vez salvada la impresión ante lo inesperado.

Apoyando ambas manos en tu dorso dejo caer mi cara y hundo mis fosas nasales en tu pelo, cerca del cuello, cerca de tu oído, dejando que llegue hasta él mi aliento latente que deja salir palabras, palabras entrecortadas, palabras suaves que a través de mis labios te demandan con dulzura.

Mi cerebro se inunda de su olor, de ese penetrante olor a canela que me hace perder el sentido en esa sensación de bienestar que me subyuga.

Sin querer deslizo mis labios, de repente secos, ávidos de su piel, por tu cuello hasta el hueco de la clavícula. Allí permanecería tranquila, pero no inactiva, durante horas, posiblemente. ¿Quién desearía huir de semejante refugio? Yo no, pero las vibraciones de tu cuerpo, hacen que salga de ahí y busque otro punto ubicado justo entre el final del pabellón auricular y el inicio de la mandíbula. Es un diminuto rincón en el que apetece detenerse algún tiempo para que mis labios, mi lengua y mi saliva jueguen y tú disfrutes del momento sin la más mínima replica.

Me sorprendo a mi misma ante esta situación en la que tomo la iniciativa. Me aturde ver, cuando recapacito, como hoy se ha perdido entre los dedos mi timidez desmesurada, y ha quedado anulada dejando que mis manos impacientes no esperen relajadas, aparentando indiferencia, sino que se lancen a ti como devoradora de una preciada y valiosa presa.  

Al empujar mi cuerpo contra tu espalda con leves roces, noto tus palpitaciones y tanto desconcierto como excitación. Mis manos recorren cada surco de tu piel, cada protuberancia preparada para recibirme y te dejas envolver en su magia lujuriosa, entre gemidos y convulsiones siguiendo la danza lenta y minuciosamente pautada, que hace que te yergas como el más alto y duro de los troncos, e intentes con tus movimientos penetrar en ellas, ensamblarte entre mis dedos con la furia de la melodía del desenfreno.  

Ya no puedes mantenerte inmóvil y apartándome suavemente de ti cambias la posición y pasas a ser tú el que echa su cuerpo sobre mí desde atrás, lo que hace que mi pecho note el calor de las brasas mezclado con el mío y el fuego ávido de pasión se desboque. Mi cuerpo te busca y tú te dejas deslizar por la por la hendidura ligeramente abierta, receptiva, de mis nalgas duras. Cuando despareces en el abismo de mis glúteos, nuestros cuerpos se unen de nuevo en un contacto más cercano, más efusivo.

Tus manos, tus manos merecen un capítulo aparte, no sólo su construcción, también por la sabiduría que encierran,  por lo que eres capaz de hacer con ellas por mí, por mis inagotables necesidades de atención, de caricias, de sentirlas sobre mi piel, de gozar del delicado contacto con ellas. Pero son las mías de nuevo, las que van hacia atrás, sin girarse, y se colocan sobre ti, sin apretones, sin violencia, aunque te sientes atado, sujeto, unido a mi cuerpo como si te hubiesen soldado a él. Inclino hacia atrás la cabeza dándote la oportunidad de deslizar la boca por mi cuello hacia la parte anterior, llegar a mi barbilla, y buscar mis labios mullidos, almohadillados, dúctiles, sabrosos…hasta que nos vence la impaciencia, el deseo de ir más deprisa.

En ese instante, sin pedir permiso y con delicadeza desbrochas la bata, y tras mi desnudez tomas delicadamente mis brazos para pasear tus dedos por ellos hasta hacerme apretar mi cuerpo quedando más aprisionado en él, mientras colocas mis brazos sobre la chimenea. Y así me te fundes en mis labios, aspiras mi perfume y nos embriagamos con el aroma que expelíamos, cada vez más intenso, a medida que la excitación sube y crece el interés en avanzar en nuestras caricias y acceder a lugares cada vez más gustosos.

Tiemblo como una yegua a punto de ser montada, con ligeros pero constantes estremecimientos que agitan sus miembros finos y brillantes. Mi garganta cada vez más seca emite sonidos libidinosos e impactantes. Quiero bajar los brazos y volverme para abrazarte pero no me lo permites. No quieres apresurarte y perder placeres que nos podamos provocar.

Con la lengua humedecida en saliva construyes una autopista brillante desde la última vértebra cervical hasta el cóccix, profundizando hasta donde mis nalgas te permiten y lames mi cintura.

No puedo más, no puedo soportarlo más y me retuerzo. Entre risas y placer me vuelvo ofreciéndome a ti, que estas de cuclillas en ese momento y al llegar a ti mi aroma pierdes tu voluntad, e inesperadamente, acercas tu lengua a la depresión formada por las columnas de mis muslos. Mis manos apoyadas en tu cabeza te hunden en mí soltándote solo en el momento en que el tiempo se para y el conocimiento se nubla.

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Bella Boteriana
 
Me he vuelto a regodear
la ilusión con el placer,
y he creído comprender
que poderse solazar
con una hermosa mujer,
lo más bello ha de ser
la cierta razón de amar.
Pues no se debe olvidar
que sin amor no hay placer
gozado cual debe ser
con el fin tierno de amar.
 
11 月 11 日
Bella Boteriana: ¡Magnífico! Quien pudiera ser el protagonista de la ilusión descrita. En el desconcierto de la imaginación, es la prudencia quien sale al paso y sólo se me ocurre este poema del romanticismo de Gustavo Adolfo Bécquer:
 
Sobre la falda tenía
el libro abierto;
en mi mejilla tocaban
sus rizos negros;
no veíamos las letras
ninguno, creo;
mas guardábamos entrambos
hondo silencio.
¿Cuánto duró? Ni aun entonces
pude saberlo;
sólo sé que no se oía
más que el aliento,
que apresurado escapaba
del labio seco.
Sólo sé que nos volvimos
los dos aun tiempo.
Y nuestros ojos se hallaron,
y sonó un beso.
Creación de Dante era el libro,
era su Infierno.
Cuando a él bajamos los ojos,
yo dije, trémulo:
"¿Comprendes ya que un poema
cabe en un verso?"
Y ella respondió, encendida:
"¡Ya lo comprendo!"
11 月 4 日

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